Tus pensamientos: ¿amigos o enemigos? Los errores cognitivos
Sara acude a terapia pero se niega a completar su tarea sobre sus miedos más profundos porque cree que pensar en ellos podría atraerlos.
Sara está yendo a terapia. Le he mandado una tarea para casa que consiste en escribir un relato acerca de lo que ella más teme. Tiene que describir la situación que le provoca ansiedad con todo lujo de detalles.
Sara va a terapia una semana y otra y otra, pero nunca entrega la tarea. Yo le pregunto por qué no trabaja en el relato. Es esencial para su recuperación. Sara me responde: «Temo que, al pensar mucho sobre ello, lo atraiga».
Los seres humanos somos seres pensantes, seres racionales, pero eso no garantiza que en algún momento no vayamos a cometer errores y tener pensamientos irracionales, es decir, pensamientos sin evidencia alguna. Al contrario, nuestras mentes están más inclinadas hacia el pensamiento negativo para estar preparadas en caso de emergencia.
Si ya de por sí lo tenemos difícil, debemos añadir las brillantes ideologías, afirmaciones o teorías que circulan por ahí y que nos frustran y nos hacen infelices. Por ejemplo, cuando nos dicen que la felicidad es únicamente una cuestión de decisión o cuando nos garantizan que, si pensamos en algo y lo sentimos, lo atraeremos.
A esta última teoría la llaman la ley de la atracción, una teoría que dejó a mi paciente profundamente marcada y que, a día de hoy, le está complicando la terapia.
Si ya de por sí lo tenemos difícil, debemos añadir las brillantes ideologías, afirmaciones o teorías que circulan por ahí y que nos frustran y nos hacen infelices. Por ejemplo, cuando nos dicen que la felicidad es únicamente una cuestión de decisión o cuando nos garantizan que, si pensamos en algo y lo sentimos, lo atraeremos.
A esta última teoría la llaman la ley de la atracción, una teoría que dejó a mi paciente profundamente marcada y que, a día de hoy, le está complicando la terapia.
El pensamiento de Sara cae en un error que en psicología se conoce como el error del adivino. Este es uno de los llamados errores de pensamiento o errores cognitivos que voy a tratar aquí hoy.
¿Qué son los errores cognitivos?
Desde que nacemos, nos vamos formando impresiones acerca de nuestro mundo. Nuestras experiencias van dejando una huella en nuestra mente, un patrón de pensamiento que se conoce como esquema cognitivo.
Este esquema es la base de nuestra forma de interpretar los acontecimientos. Así, cuando algo sucede, se activa nuestro esquema cognitivo y nuestros pensamientos comienzan a surgir con la intención de dar sentido a la situación.
Si dicho esquema cognitivo es disfuncional, es decir, si se basa en ideas irracionales sin evidencia, sacaremos conclusiones erróneas. Estas conclusiones son los errores de pensamiento que provocan en nosotros emociones desagradables.
Te voy a poner un ejemplo. Veo a mi vecino asomado a la ventana. Yo le saludo, pero él no me devuelve el saludo. Al poco rato, se mete dentro de casa y cierra la ventana. Yo pienso: «Vaya, no me ha devuelto el saludo. ¿Estará enfadado conmigo? Seguro que no le caigo bien».
¿Qué estoy haciendo aquí? Estoy sacando conclusiones apresuradas. Yo no sé qué piensa mi vecino como para afirmar que no le caigo bien. Puede ser que simplemente no me haya visto o que estuviera en pijama y le haya dado vergüenza.
¿Por qué hay que trabajar para racionalizar los errores cognitivos? ¿Por qué hay que transformarlos? Porque, sencillamente, nos hacen infelices.
Influyen en nuestros estados de ánimo, en nuestras emociones y en cómo nos percibimos a nosotros mismos. Nos restan libertad y, además, median en nuestras relaciones con los demás.
Veamos ahora los diez errores cognitivos más comunes, tomados de David D. Burns.
Los errores cognitivos más comunes
Pensamiento dicotómico: Todo o nada. Es un pensamiento polarizado, en blanco o negro. Por ejemplo: he sacado un 9,5 sobre 10. Por medio punto, pienso que el examen ha sido todo un fracaso. ¿Ha sido realmente un fracaso? Es una pena que, por medio punto, no haya llegado a la máxima nota, pero el examen ha estado muy bien hecho. Definitivamente, no ha sido un fracaso.
Filtro mental o abstracción selectiva: Consiste en centrarse únicamente en determinados aspectos, normalmente negativos, dejando pasar otros por alto. Por ejemplo: mi jefe siempre valora mi trabajo, me tiene en cuenta y me felicita. Pero un día, tras cometer un error, me lo hace saber y yo reacciono pensando: «Siempre me sale todo mal. Hasta mi jefe me ha tenido que llamar la atención». ¿Cuántas veces te ha felicitado tu jefe por tu trabajo? Si las contáramos, veríamos que han sido más numerosas las valoraciones positivas recibidas.
Generalización excesiva: Consiste en establecer una ley universal basándose en unos pocos casos aislados. Por ejemplo: un muchacho me ha rechazado y mi conclusión es que nadie me va a querer. Realmente, nunca nadie va a quererme. ¿Todo el mundo tiene el mismo gusto que el muchacho que te ha rechazado?
Magnificación y minimización: La magnificación consiste en sobreestimar algo, mientras que la minimización consiste en restarle importancia. Un ejemplo de magnificación sería pensar: «Si me caigo del patín, me voy a matar». A no ser que vayas sobre una cuerda floja con el patín, lo más normal es que, si te caes, te hagas solo unos rasguños. Un ejemplo de minimización sería el de una persona que no es albañil y que, por primera vez, construye un garaje sola y con sus propias manos, pero dice: «No tiene mérito. Vas a YouTube y te explican cómo hacerlo». Que alguien se mire unos tutoriales en YouTube no garantiza que vaya a hacer un buen trabajo.
Conclusiones apresuradas: Hay dos tipos: la lectura del pensamiento y el error del adivino.
La lectura del pensamiento consiste en creer que sabemos lo que piensa otra persona sin saberlo realmente ni habérselo preguntado. Por ejemplo: «No me ha saludado. Seguro que le caigo mal». ¿Te ha dicho que le caes mal? No. Entonces, realmente no lo sabes.
El error del adivino es el que cometemos cuando creemos tener la certeza de que algo va a suceder en el futuro. Por ejemplo: «No voy a intentarlo porque voy a fracasar». ¿Puedes leer el futuro? ¿Cómo sabes que vas a fracasar? Lo mismo te sorprendes...
Razonamiento emocional: Consiste en tomar los estados emocionales como fuentes de veracidad, es decir, creer que algo es cierto porque lo sentimos así. Por ejemplo, si haces una presentación en público, tartamudeas por un momento y sientes vergüenza, puedes llegar a creer que eres una vergüenza porque tú te has avergonzado. Pero ¿que tú te sientas así significa que realmente seas así? ¿Los demás también se han avergonzado?
Enunciaciones 'debería': Consiste en utilizar con frecuencia expresiones de obligación. Por ejemplo: «Tengo que terminar este trabajo hoy» o «Tengo que decir las cosas con más claridad». ¿Tienes que hacerlo o quieres hacerlo? Te gustaría hacerlo. No tienes la obligación.
Etiquetado: Consiste en colocarse dentro de una categoría negativa en función de los propios errores. Por ejemplo: «He cometido un error. Soy un patoso». Por cometer un error, ¿ya eres un error con patas? ¿Ya nada te sale bien? ¿No eres capaz ni de abrochar un botón?
Personalización: Consiste en responsabilizarse de las acciones de los demás. Por ejemplo: «Que me haya pegado es culpa mía. Yo le provoqué queriendo salir con esa ropa tan corta». Bueno, ¿quién ha pegado a quién? ¿No crees que quien pega es el responsable?
Descalificación de lo positivo: Consiste en transformar las experiencias positivas o neutras en negativas. Por ejemplo: «He sacado la nota máxima, pero es que el examen era muy sencillo». ¿Realmente era tan sencillo? ¿Ha aprobado con nota todo el mundo? ¿Acaso no habías estudiado nada de nada? ¿No influyen tu esfuerzo y el trabajo que has dedicado?
¿Cómo se cambia un pensamiento?
Ahora que ya te he presentado los errores cognitivos, te toca trabajar en ellos. Así, comenzamos con la parte práctica.
Paso 1: ¿Cómo pienso?
Toma una hoja en blanco y divídela en tres partes; es decir, dibuja una tabla de tres columnas. Para facilitarte la tarea, descárgate la guía gratuita aquí y sigue las instrucciones paso a paso que te indico a continuación.
Lo primero que tienes que hacer es conocer tu estilo de pensamiento, es decir, los errores en los que sueles caer. No todos caemos en los mismos errores: tenemos tendencia a caer en unos más que en otros. Todo depende de tu esquema de pensamiento, que se ha construido a partir de tus circunstancias de vida, tus experiencias, etcétera.
Registra durante una semana todos aquellos pensamientos que hayan provocado en ti una emoción desagradable. Recuerda que sentimos como consecuencia de lo que pensamos.
Si a las 7:30 de la mañana sientes ansiedad, pregúntate rápidamente qué acabas de pensar que te ha hecho sentir así. Anota la situación, el pensamiento, la emoción y la intensidad de la emoción, de 0 a 100.
Situación: ¿Qué estaba pasando?
Pensamiento: ¿Qué pensé en ese momento?
Emoción: ¿Qué sentí?
Intensidad (0-100): ¿Con qué intensidad lo sentí?
Por ejemplo: «Acabo de levantarme para ir a trabajar y he sentido una profunda ansiedad, de 80 puntos, porque he pensado que hoy tengo una presentación en público».
Nuestros pensamientos son muy complejos, están enlazados unos con otros y no es tarea sencilla llegar al fondo del pensamiento erróneo.
Como ves en el ejemplo, tengo ansiedad por hablar en público y el pensamiento acerca de la presentación me ha puesto ansiosa. Pero ¿es la presentación lo que me pone ansiosa o hay más pensamientos detrás? ¿Por qué presentar en público me pone ansiosa?
Porque tengo miedo a fracasar, a hacer el ridículo, a que se rían de mí. Porque, si me equivoco, quiere decir, según mi criterio, que no soy buena profesional.
Este es el verdadero pensamiento raíz que hace que la idea de presentar me ponga tan nerviosa. El pensamiento que estaba buscando es el error del «debería»: «Debo hacerlo perfecto porque, de lo contrario, me van a juzgar como una mala profesional».
Me gustaría hacer un paréntesis, porque hay algo que debemos tener en cuenta: la intensidad de la emoción es importante.
Siguiendo con el ejemplo, ante una presentación puede ser normal sentir algo de ansiedad. Incluso es buena, porque me ayuda a estar activa y a no olvidar lo que tengo que decir. Cuando la emoción es demasiado intensa, es cuando hay que preguntarse si mi pensamiento de fondo me está jugando una mala pasada.
Paso 2: ¿Cuál es mi error favorito?
Una vez que has anotado tus pensamientos durante una semana, toca reflexionar sobre ellos. Ve uno por uno, haciéndote preguntas hasta llegar a la raíz del pensamiento anotado, si no lo hiciste ya en el paso anterior.
Anota en una hoja nueva, o en la casilla de «Error cognitivo» si te has descargado la plantilla, cada pensamiento y, junto a él, el error en el que está cayendo dicho pensamiento.
Siguiendo con el ejemplo de la presentación, he llegado a la conclusión de que mi ansiedad ante las presentaciones en público se basa en el pensamiento de que, si me equivoco, no valgo como profesional.
Este pensamiento cae en varias distorsiones cognitivas, en varios errores. Uno de ellos es el pensamiento de todo o nada: «Como no me salga perfecta, no valgo».
También cae en el error del adivino: «Creo que me va a salir mal, me voy a quedar en blanco».
Y también cae en el error del «debería», porque «debería salirme perfecta la presentación si quiero demostrar que soy una buena profesional».
Paso 3: ¿Hay una alternativa más realista?
Una vez que conoces los errores en los que tiendes a caer, toca debatirlos contigo mismo, mantener un diálogo interior y explicarte por qué esos pensamientos son irracionales.
Junto a los errores cognitivos anotados, escribe el pensamiento alternativo o racional.
Por ejemplo, puedes preguntarte: ¿qué es lo peor que puede suceder si me equivoco o me quedo en blanco? ¿Me cortarán la lengua? ¿Se reirán de mí o pensarán que soy humana? ¿Seguro que pensarán mal de mí o me ayudarán mostrando su comprensión, si me equivoco?
Si me equivoco, ¿significa que no soy buena profesional? ¿Los buenos profesionales también se equivocan? ¿Qué haría yo si un orador se equivocara? ¿Le tiraría tomates?
Siendo objetivos, lo más probable es que la gente me apoyara y mostrara comprensión si cometiera algún error.
¿Cuántas veces hemos visto a personas equivocarse en un plató y recibir aplausos de apoyo en el acto?
Por supuesto, puede haber gente que se ría o piense mal. No podemos evitarlo. Esa persona tiene derecho a tener una opinión, pero dicha opinión no es más que su forma subjetiva de ver las cosas.
Aquí quiero hacer un paréntesis, porque no es lo mismo pensamiento racional que pensamiento positivo.
Por ejemplo, ante el fallecimiento de un ser querido, un pensamiento positivo sería: «Bueno, no pasa nada, porque dentro de tres o cuatro días, o mañana, va a resucitar y ya todo el problema se habrá terminado».
Eso sería un pensamiento positivo, pero no es lógico, no es real, no es racional.
Un pensamiento racional sería: «Ha fallecido una persona a la que quiero. Estoy pasando por un mal momento y es normal. Voy a trabajar para sentirme mejor, voy a cuidar de mí».
Es muy diferente el pensamiento positivo del pensamiento racional. Hay que tener mucho cuidado con eso y no caer en esa trampa.
Si con regularidad debates tus pensamientos y buscas una versión racional alternativa, acabarás cuestionándolos de forma automática, sin necesidad de recurrir a papel y lápiz o a una plantilla.
Es decir, acabarás modificando tu esquema de pensamiento y evaluando los acontecimientos de tu vida a través de una perspectiva nueva y más saludable.
Aviso importante
Este artículo no reemplaza las sesiones terapéuticas con un profesional. Por favor, no dejes de acudir a terapia o ponte en contacto conmigo si sientes que tus pensamientos te causan malestar frecuente y deseas que yo te acompañe.
Sin más, te mando un abrazo. Hasta la próxima publicación.
Lucía Ortiz, tu psicóloga en Berlín / Brandemburgo y online.
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